martes, 26 de agosto de 2008

Descalabro de un sabio



Leal perdió su reputación de sabio el infausto día en que se sintió tocado por la verdad esencial y no pudo refrenar el impulso de dar la noticia.

Toda su vida había transcurrido en la búsqueda de la respuesta a la pregunta que recorría toda la historia de la especie humana que más o menos se puede resumir en: ¿qué hacemos aquí?.

Por supuesto, hasta el momento de enfrentar a la verdad esencial no había hecho otra cosa que leer infatigablemente todo lo pensado y creído en el pasado de la especie. Pero ni el nirvana, ni la mitología grecorromana, ni la teoría del superhombre, ni la existencia humana como pasión inútil, o el hombre de maíz de los sudamericanos, ni el big bang, ni siquiera la posible existencia de los extraterrestres daban explicación al sin sentido de la vida humana.

¿Cómo evaluar una especie que repite una y otra vez los mismos errores que la alejan de su propósito ideal? Se preguntaba Leal. Bueno, del ideal más reciente, el del humanismo, los valores pretendidos por el animal que razona o que se inventa una razón.

Primero estuvo seguro que la muerte era la causa segura de los disturbios del animal pensante, el único ser viviente que se supone tiene conciencia de su finitud. En el origen de la sorpresa debió constatar la diferencia entre lo viviente y lo que muere.. Entonces comenzaron a surgir los consuelos. El creer que después había otra suerte de existencia, que no importaba lo que sucediera en la terrena si al dejar de estar aquí se iba a otro sitio, de otra forma, sea en materia o en espíritu, o integrándose al todo armonioso luego versionado en nada ni se crea ni se destruye se transforma.

Sin embargo el empeño de las creencias estructuradas en religiones cuyo interés era unir a los seres vivientes alrededor de una fe que les libraba del temor a la muerte y permitiera organizarlos para refrenar los instintos más primarios o para servir a las ideas e intereses de otro no evitó que para olvidar la muerte los seres vivientes llegaran a las peores aberraciones desde redentores crucificados hasta la exacerbación del poder, cualquier tipo de poder que permita joder al próximo en nombre de lo beneficioso o de lo perjudicial.

Pero de dónde venía ese temor a la muerte, a desaparecer, a no estar más. Leal empezó a creer, de una manera dudosa primero, que se trataba de la búsqueda de una explicación que no existía. Para algo debemos estar aquí, se convencieron los seres humanos. Y surgieron los planes de conquista, las guerras siempre justificadas por el bien común de grupos que no tenían en cuenta el mal común que su bien causaría a otros. Se fue desarrollando así el orgásmico placer de ser más fuerte que otro, de tener más que otro, de ser superior a otro, y se inventó contarlo para agregar un elemento de mayor interés a la hora de minimizar la muerte; pasar a la posteridad, eternizarse en el recuerdo de los que vendrían después.

Leal nunca pudo creer que existía un dios que a voluntad había hecho el mundo porque habría que maldecirlo por mal arquitecto. A lo sumo creía en la fuerza de la naturaleza, una fuerza ciega en tanto movía cualquier pieza del universo según un complejo orden caótico porque no respondía a ningún plan. Esa verdad evidente significó un gran suceso para Leal, no existía ningún plan, ningún proyecto, ningún propósito. Lo que llamamos naturaleza existe porque sí, por la combinación infinita de elementos reunidos por azar y de ese azar surgió el ser humano que nunca ha podido aceptar esa verdad esencial porque se cree algo muy importante, único, irrepetible, cuando no es más que una de las múltiples combinaciones posibles del azar con la azarosa cualidad de preguntarse qué hace aquí para no poder disfrutar siquiera el suceso que es estar.

Cuando Leal explicó en detalle su teoría que denominó del por qué, quedó desahuciado como sabio. A nadie le venía bien la tal verdad esencial. ¿Qué iban a hacer aquí sin preguntas? Es decir sin esperanza, el único sostén posible y la esperanza no es otra cosa que intentar descubrir qué rayos hacemos aquí.

2 comentarios:

Lázaro Buría dijo...

Hola:

Has explicado de forma sencilla y simple el "Gran Problema". Te felicito. Recojo mi cosecha, que poco valor tendrá en el "Mercado del Entendimiento", pero que algún que otro cliente se llevará a casa para aderezar el guiso de sus preguntas personales. Y así hacemos "Humanidad", que es el mejor camino para construir "La Patria Cósmica".

Un beso,

Buría.

Monotributo dijo...

Cuando la conjunción de calores hormonales hacen de tu cuerpo una pasión de deseo y tu mirada se pierde en el firmamento estrellado buscando ansiosa el planeta Plutón, ese es el momento adecuado para tener un encuentro carnal, tierno y frenético a la vez, con el Genio imperturbable, con el Viril entre viriles, con el más grande ser que el Universo parió desde el Big Bang, osease modestamente, YO el Gran Monotributo, el padre del Blog, el creador de Internet, el motivador de tu punto G, el creador de la melancolía de las tardes de otoño, el Supremo Hacedor del Océano Atlántico, el numen inspirador del orgasmo múltiple femenino...YO tu amo y señor, YO el generador de tus sueños mas lascivos...No desesperes mimosona, estás dentro de las privilegiadas que han de copular con el Dios (YO), esperame guapaaaa... seré tu Fidel si lo quieres cubana mía, o seré tu gusano si eres de los masitas de Miami